Todos hemos pasado por momentos, más o menos ásperos, de confrontación o discrepancia con otras personas, incluso habrá quienes hayan sido abasallados sin compasión. Nos han podido causar heridas más o menos profundas en nuestra alma dependiendo del grado de cercanía del atacante, incluso habremos sido nosotros mismos los que atacábamos. Pero hay una idea que es importante grabar a fuego en nuestra mente: es imprescindible ir superando, en la medida de lo posible, estos desacuerdos y hay que hacer sanar las heridas, porque si no con el paso de los años te infectan por completo y te causan aún más dolor al revivirlas.
Hay heridas que sanan al compartir tu dolor con la persona que te las causó, hay heridas que sanan con el paso del tiempo por caer en el olvido, hay heridas que que son solo rasguños porque la persona que te las hizo no significa nada para ti, y hay heridas que a pesar de parecer imposibles de sanar por uno mismo, con tus propias fuerzas, por tu propia cordura, no has de permitir que marquen el rumbo del resto de tus días y que esto salpique, de alguna forma, a las personas que de verdad te importan y te quieren.
Más de una vez nos han llevado los demonios, hemos odiado, hemos maldecido y hemos sido presas fáciles de nuestros propios pecados, más no hay que dejar que tus propios pecados te consuman y te cieguen, porque tu agónico sufrimiento será totalmente en vano ya que no harás más que hundirte cada vez más y más profundo en una dolorosa espiral. En estas ocasiones hay dos alternativas: una, coger al toro por los cuernos y enfrentar todo el dolor que te ahoga con la persona que crees que lo causa, o dos, arrancar esa página de tu historia no volviendo a regodearte en ello nunca más.
Debemos intentar parecernos a las fichas del Trivial Pursuit, es decir, debemos intentar compartimentarnos en tantas porciones como necesitemos y que cada una de estas porciones esté aislada de las demás, aún formando parte de un todo que es uno mismo. Si una de las porciones nos da problemas ( trabajo, pareja, familia, estudios, etc) no tenemos que alterar las que están perfectamente encajadas, sino ser conscientes de ellas y ser capaces de valorar todo lo que aportamos y lo que nos aportan, de esta forma descentralizamos la atención y perdemos el sentimiento de fracaso. Y, por último, en lugar de andar angustiados porque esa dichosa porción va forzada deberemos procurar, a toda costa, buscar una solución para que encaje o para colocar otra en su lugar.
domingo, 18 de diciembre de 2011
sábado, 17 de diciembre de 2011
Navidad.
Desde muy pequeña he adorado estas fiestas por los sentimientos y los buenos propósitos que he asociado a ella. El consumismo excesivo que ahora le intentamos imprimir no me encaja, yo prefiero compartir con los seres queridos buenas conversaciones, risas y un rato de paz en lugar de un montón de regalos comprados con prisas y entre una muchedumbre hambrienta de gastar pasta.Que quede constancia de mi perseverancia en mantener mi propio espíritu navideño aunque, por respeto a los demás, ceda. Las tradiciones las debe marcar cada familia y no las agencias publicitarias con su marketing idealizado, maquillado y surrealista.
Puesto que cada casa se atiene a sus propios problemas allá cada una en la forma de celebrar las, para mí esperadas, fiestas navideñas. A título muy personal, lo ideal sería que al reunirnos fuésemos dejando en la puerta de la calle, al entrar, todo aquello que nos turba o nos hace tener sucios los pensamientos, ya tenemos el resto del año para enmarañarnos en una lucha sin fin contra nuestras propias injusticias. En serio que merece la pena sentir por una noche, por lo que dura una cena y una no muy extensa velada, que estás en paz. Si uno no puede conseguir esto, al menos en su hogar, entiendo que merezcamos que nos cambien la etiqueta de animales racionales a animales infelices.
La Navidad debe estar impregnada de esperanza, caridad y amor, no porque lo digan las religiones de los hombres o las películas americanas sino porque las conciencias ansían hallar algo de bondad, al menos catorce de entre trescientos sesenta y cinco días, para coger impulso para enfrentarnos a un nuevo año que intuimos vendrá con más de lo mismo.
Llamadme ingenua, idealista o cualquier otro adjetivo cargado a propósito de malicia porque ya no cabe en la sociedad de la competición. La Navidad es para los que aún conservamos un trozo puro de nuestra niñez muy adentro de nuestro ser y somos capaces de compartirlo con las personas a las que amamos. Por favor, por favor, por favor... aunque solo sea durante dos cenas y dos almuerzos.
Puesto que cada casa se atiene a sus propios problemas allá cada una en la forma de celebrar las, para mí esperadas, fiestas navideñas. A título muy personal, lo ideal sería que al reunirnos fuésemos dejando en la puerta de la calle, al entrar, todo aquello que nos turba o nos hace tener sucios los pensamientos, ya tenemos el resto del año para enmarañarnos en una lucha sin fin contra nuestras propias injusticias. En serio que merece la pena sentir por una noche, por lo que dura una cena y una no muy extensa velada, que estás en paz. Si uno no puede conseguir esto, al menos en su hogar, entiendo que merezcamos que nos cambien la etiqueta de animales racionales a animales infelices.
La Navidad debe estar impregnada de esperanza, caridad y amor, no porque lo digan las religiones de los hombres o las películas americanas sino porque las conciencias ansían hallar algo de bondad, al menos catorce de entre trescientos sesenta y cinco días, para coger impulso para enfrentarnos a un nuevo año que intuimos vendrá con más de lo mismo.
Llamadme ingenua, idealista o cualquier otro adjetivo cargado a propósito de malicia porque ya no cabe en la sociedad de la competición. La Navidad es para los que aún conservamos un trozo puro de nuestra niñez muy adentro de nuestro ser y somos capaces de compartirlo con las personas a las que amamos. Por favor, por favor, por favor... aunque solo sea durante dos cenas y dos almuerzos.
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